saudade gótica

Del otro lado del mundo, dice facebook, a Guada se le empiezan a aterir las manos del frío y busca sus guantes. Yo encuentro los míos a contrareloj buscando la bikini mientras me protejo de las inclemencias climáticas con toneladas de off.
A veces vuelven las postales, se regurgitan y uno las acalla con cierto pudor, son como papelitos esos momentos que uno se guarda en el fondo del bolsillo de naturaleza críptica para cualquier otro que intente decodificarlos.
Ese recuerdo disonante hace nube como un filtro de color desconocido: una película gelatinosa de saudade puede embellecer en oro todo lo que brilla ahí, timidamente titilante, poco pretencioso, a saber, tal vez la sensación mínima de un olor a mañana fresca y húmeda piedra custodiada por las gargolas y unicornios de la catedral, rumbo al trabajo; el níveo de los patos asomando fugaz fuera del angulo de la vista entre el verde musgo; el mudo tumtum templario escondido zigzageando historias bajo los pies, aluciname dragones; un café en mil bares de pequeñas tacitas; el propio parto que desgarra a quien fuí y se abre a un mar que no habla para renacerme perdida en un calmo cementerio en Port Bou, donde Benjamin no está porque se vá con cada visitante, liberado.
Saudade de soledades góticas y carrers lejanos en desfasados días nublados que recuerdan los inviernos oscuros de otras latitudes: una revancha indefinida siempre espera, mansa, por el futuro que ,aunque el rock afirme lo contrario, es potencia que siempre está al llegar:
And Every morning when you woke up you’d still be Beatrix Kiddo.














